Los niños de la guerra

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Los niños de la guerra

Los niños de la guerra

Distintas son las situaciones, pero todas tienen un inicio en común, el estallido de la guerra civil española, que derivó en consecuencias económicas y políticas que llevaron a una emigración masiva de los españoles perseguidos algunos por el hambre y otros por la dictadura.

 

Milagros Alvarez Alvarez es una ourensana de Bande que nació el 7 de abril de 1929 y hoy está en Montevideo disfrutando de la familia que formó aquí con su descendencia, una hija, un hijo, cinco nietos y tres bisnietos.

Sin embargo, los recuerdos de su infancia son escasos, es que nació en Bande, pero con siete años se tuvo que escapar de España con su abuelo, su hermana mayor y su tía, rumbo a Montevideo donde ya estaba trabajando su madre, ya que su padre fue reclutado para ir a la guerra.

Del viaje en barco, largo y penoso porque mientras ellos podían salir a cubierta, el abuelo debía permanecer oculto en la bodega hasta llegar al puerto.

Milagros cuando llegó a Uruguay pudo empezar la escuela, concurría “a la escuelita de la Ancap allá en la Teja”, para luego comenzar a trabajar en una textil y en una casa de familia, casándose y tuvo sus hijos, pero tuvo que dejar de trabajar cuando los niños eran chicos porque a su madre le dio un acv y debió cuidarla hasta su muerte, empezando nuevamente a trabajar.

A pesar de no tener militancia política alguna, simplemente ser campesinos, huyeron de Galicia del hambre, y para llegar la mamá de Milagros apartaba parte de su sueldo para poder comprar los pasajes y cuando pudo finalmente trajo a su familia a esta tierra de acogida.

Milagros cuenta ahora con su hija Galicia que nos explicaba que “ahora me toca a mi cuidarla a ella como ella me cuidó”, asegurando que cuando “tuvo la oportunidad de ir a Ourense no lo quiso hacer”.

De la guerra a una vida en Uruguay

Argimiro Rodríguez García, es otro de los niños de la guerra, un pontevedrés nacido en Nigrán cuando terminaba el verano de 1934, nos explica que lo anotaron mal, “porque yo nací el 10 de septiembre, pero me anotaron el 11”. Igualmente, tampoco tuvo la oportunidad de reclamar nada, porque después de cumplir dos años se embarcó en el buque Cabo de Hornos junto a su hermano mayor y su madre, “porque a mi padre lo habían llevado a la guerra”.

Según le contaron a Argimiro, su madre vino mareada todo el viaje que duró como un mes, y mientras ella estaba reposando él y su hermano mayor andaban por todo el barco haciendo sus travesuras.

Llegaron al puerto de Montevideo donde un medio hermano de su padre les esperaba para viajar por tierra más de trescientos quilómetros hasta llegar a la Estancia El Sauce de Enrique Álvarez, en el departamento de Treinta y Tres, donde su madre se encargaría de atender a la familia del patrón cuando visitaba la misma.

Asistió a una escuela rural cercana, pero solo tenía hasta cuarto año, por lo que después fueron a terminar a la ciudad cercana de Treinta y Tres donde completaron la escuela, pero “después hicimos primer año de liceo y más nada”.

Mientras que a su hermano lo envió el dueño de la estancia a hacer un curso para fabricar quesos, en esos años (1942) volvió su padre de la guerra, y recuerda la “emoción tremenda, nosotros no lo conocíamos a mi padre, yo dos años y mi hermano tenía cuatro”.

Su padre le contó el hambre que sufrieron durante aquellos 8 años interminables de guerra. “La guerra era bravísima, yo lo tocaba y en el cuerpo tenía pedazos de metralla en el pecho. Se salvó y no sé cómo se salvó”.

Argimiro cuando cumplió los 16 años el dueño de la estancia lo trajo a trabajar a Montevideo donde tenía una fábrica de jabones, y en menos de dos años sus padres junto a su hermano mayor y una hermana que nació en Treinta y Tres, se vinieron también a vivir con él a la capital uruguaya.

A sus padres los disfrutó hasta que fallecieron alrededor de los setenta años, y en 1963 se casó y tiene un hijo que ya les dio una nieta de seis años, que “es la mascota de los abuelos”. Confiesa junto a su esposa que su nieta “es una dulzura tremenda”.

Argimiro volvió a España en el 2010 por primera vez con los viajes del Inserso y “recorrí toda Andalucía además de Galicia. Recuerdo que cuando me bajé en el aeropuerto de Vigo era hermoso, pero cuando volví por la segunda vez gracias a los viajes de la Xunta, ya lo habían agrandado, así que estaba todo moderno y más grande aún”.

La riqueza de la familia

Luz López García nació en el inicio del otoño de 1933, hija del socialista José López Gento y de Guadalupe García, de quienes recuerda lo duro que fueron los días tras escapar de España cruzando los Pirineos con su madre, su hermano menor y el abuelo, al que perdieron en un camión y nunca llegó a Francia, en tanto su padre dejó las armas en la frontera y terminó en un campo de concentración.

Su madre con los dos hijos de tres y dos años esperaba mientras venían vecinos franceses a recoger a los refugiados, pero Luz confiesa que su madre no permitió que se llevaran a los niños porque no quería separarles, por lo que ya había asumido que terminarían todos en un campo de concentración.

Sin embargo, una familia de campesinos franceses apareció en una camioneta y le dijeron a Guadalupe que los llevarían a los tres a su finca, por lo que aquellos nueve meses de acogida en la granja fueron de recuperación para la desnutrida familia.

Una mañana llegó un telegrama donde le anunciaba que su marido iba a ser liberado, pero no le podía alcanzar ya que donde ellos estaban en la costa mediterránea, debían atravesar toda Francia para llegar a Burdeos “y no llegaría a tiempo para ver a papá”. Sin embargo, llegó a la casa el vendedor que recorría la campiña vendiendo pan y cuando se enteró, “bajó todos los cestos con pan y nos puso a los tres en su camioneta y recorrió cientos de quilómetros hasta dejarnos en una estación antes de Burdeos a tiempo para tomamos el tren donde venía papá, y allí nos encontramos todos” para abordar el buque La Salle en el que fue su último viaje a Santo Domingo en el Caribe, ya que a su regreso los alemanes le hundirían al comenzar la segunda guerra mundial.

Luz recuerda las peripecias de su familia, que terminaron en Buenos Aires, donde su padre pudo traer a su abuelo que habían perdido en su huida a Francia.

Esta niña de la guerra sacó a su familia adelante, dos hijos, vendiendo gallinas y huevos en Buenos Aires, pudiendo terminar su carrera de sociología y politóloga en la Complutense de Madrid a fines de la década del setenta cuando su hijo menor era un adolescente y le acompañaba quedando su hijo mayor con trabajo en Buenos Aires.

Luego cuando España entró en la Unión Europea se decide formar una oficina de cooperación en Montevideo, donde ella estuvo trabajando siete años, y la unió con este país de acogida tejiendo lazos que hoy la tienen residiendo ya jubilada en la casa de una amiga que la siente como hermana, en tanto sus hijos, nietos y un bisnieto que ya le han regalado están en Buenos Aires.

La herencia de libertad

María Josefa Bergós López tiene un pasado lleno de amor a pesar de haber vivido los terribles combates de la guerra civil española, ser refugiada, y vivir desesperantes momentos en Francia que fueron matizados por el encuentro familiar para llegar todos juntos a América.

Su padre, Francisco Bergós Ribalta, fue un médico militar y docente universitario, licenciado en medicina con veinte años ingresando un año después, 1924, al cuerpo de Sanidad Militar de la Generalitat de Cataluña.

Durante la guerra civil española ocupó varios cargos, entre ellos el de jefe de sanidad del frente de Aragón, jefe general de la defensa civil y médico mayor del cuerpo de Sanidad Militar de la República.

En enero de 1939 se encargó de la evacuación de más de mil heridos en un tren en dirección a Francia, donde organizó en el campo de concentración de Argeles-sur-mer un espacio para la sanidad y una enfermería.

Mientras tanto, su esposa Casilda López Llauder y sus hijos Arturo, Francisco, María Josefa y Carmen, cruzaron la frontera en un ómnibus donde también viajaba Antonio Machado y su familia.

Este último recuerdo nos lo cuenta su hija María Josefa, quien confiesa que se lo contaba su madre ya que ella había nacido el 23 de diciembre de 1935, por lo que no recuerda nada de aquellos años, que tuvieron como primer destino de exilio la ciudad de Córdoba en Argentina donde su madre tenía un hermano allí radicado.

Sin embargo, su padre no pudo revalidar su título por lo que primero fue a trabajar a Buenos Aires y después a Bolivia, pero finalmente en 1942 consigue un trabajo en Montevideo y toda la familia se radica allí.

Justamente en este país de acogida fue donde su padre dejó una pegada importante, organizando la donación voluntaria de sangre, realizando una intensa campaña en contra de su comercio.

Integró la comisión honoraria del Servicio Nacional de Sangre vinculada al Ministerio de Salud Pública de Uruguay, fue presidente de la Fundación Pro donación de sangre Dr. Pedro Larguero, miembro fundador de la Federación Panamericana Pro donación de sangre, presidente honorario de la Asociación Nacional de Donantes de Sangre de Panamá y presidente de la Sociedad de Hematología Latinoamericana.

Y todo ello luego de realizar una prueba junto a un médico venezolano también exiliado, para revalidar el título, que según recuerda María Josefa tuvo que en unas horas diagnosticar y recomendar el tratamiento a un paciente muy grave de un hospital montevideano.

Catalanista militante, participó activamente en las actividades de la colectividad catalana desde el exilio, siendo presidente del Casal Catalá de Montevideo en 1957 y 1966.

En 1972, Josep Tarradellas lo nombró Cónsul Honorario de la Generalitat de Cataluña en el Uruguay, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en 1978.

Su hija nos cuenta que en 1969 al fallecer la actriz y directora teatral Margarita Xirgu en Montevideo, él envolvió su ataúd con el pabellón catalán y le tiró la tierra que se había hecho traer desde Barcelona para ser enterrado en su tierra natal.

Preocupado porque no tenía la tierra para su funeral, en un viaje a Andorra le pidió a los doctores que se reunirían con él allí, ya que él se negaba a ingresar a España mientras gobernara Franco, que le trajeran tierra que atesoró en su biblioteca y sus hijos cumplieron su deseo al fallecer en 1978 de tirarle la tierra catalana en tanto los jóvenes del Casal Catalá lo envolvieron en la bandera.

María Josefa hoy tiene un hijo y una hija que ya le dieron tres nietas y un nieto, pero recuerda de aquel pasado de penurias “de mi madre con sus hijos pequeños tras atravesar la frontera a Francia, sin saber donde estaba mi padre, que se encontraba atendiendo a los heridos en un campo de concentración, todas esas cosas pero que no nos dejó con odio, pudimos ser felices” agregando que salieron de aquella barbarie “sin odio ni venganza. Mis padres nos prepararon para ser libres y buena persona, amar la democracia y la libertad. Nuestros padres nos criaron con amor”.